¿Y si dejar de luchar contigo misma fuera el comienzo de sentirte en paz?

CRECIMIENTO INTERIOR

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Hay batallas que nadie ve.

No dejan heridas visibles ni aparecen en las conversaciones con otras personas.

Ocurren mientras conduces de camino al trabajo, preparas la cena o intentas dormir después de un día largo.

Son esas discusiones silenciosas que mantienes contigo misma.

«Debería estar mejor.»

«No tendría que sentirme así.»

«Otra vez estoy exagerando.»

«¿Por qué no puedo gestionarlo como los demás?»

Quizá te has acostumbrado tanto a hablarte de esta manera que ya ni siquiera te das cuenta.

Te sientes cansada y te reprochas estar cansada.

Tienes miedo y te dices que deberías ser más valiente.

Estás triste y enseguida intentas encontrar una razón para dejar de estarlo.

Te enfadas y después te sientes culpable por haberlo hecho.

Como si además de vivir lo que estás viviendo, tuvieras que hacerlo perfectamente.

Y poco a poco aparece un cansancio difícil de explicar.

Porque no solo estás atravesando lo que ocurre fuera.

También estás luchando contra lo que ocurre dentro de ti.

Quizá no necesitas sentir menos

Cuando algo nos duele, nuestra primera reacción suele ser intentar que desaparezca.

Queremos dejar de sentir miedo.

Dejar de estar tristes.

Dejar de preocuparnos.

Dejar de pensar demasiado.

Y tiene sentido.

Nadie quiere quedarse dentro de una emoción incómoda más tiempo del necesario.

Pero hay algo que quizá no nos han enseñado:

una emoción no siempre necesita ser eliminada. A veces necesita ser escuchada.

El problema aparece cuando convertimos cada emoción incómoda en algo que tenemos que corregir.

Entonces no solo sentimos tristeza.

Pensamos que no deberíamos estar tristes.

No solo sentimos inseguridad.

Nos juzgamos por sentirnos inseguras.

No solo tenemos miedo.

Nos preguntamos qué nos pasa por no ser capaces de afrontarlo mejor.

Y así aparece una segunda lucha.

Una que muchas veces termina pesando más que la emoción original.

Cuando sentir se convierte en otro motivo para juzgarte

Imagina que llevas varios días agotada.

Tu cuerpo te pide parar.

Pero en lugar de escucharlo, piensas:

«No puedo estar cansada. Tengo demasiadas cosas que hacer.»

Sigues.

Te fuerzas.

Intentas funcionar como si nada.

Y cuando finalmente ya no puedes más, aparece la culpa.

«Debería haber aguantado.»

Lo que empezó siendo cansancio termina convirtiéndose en culpa, frustración y enfado contigo misma.

La emoción inicial era una.

Ahora llevas cuatro.

Y ninguna ha desaparecido.

Esto ocurre más veces de las que imaginamos.

No sufrimos únicamente por lo que sentimos.

A veces sufrimos también por creer que no deberíamos sentirlo.

¿Cuánto de tu energía se va en intentar estar bien?

Puede que te hayas acostumbrado a buscar soluciones para todo.

Si estás insegura, intentas trabajar más tu confianza.

Si tienes miedo, intentas convencerte de que no pasa nada.

Si estás triste, buscas distraerte.

Si estás enfadada, intentas contenerlo.

Si estás agotada, te obligas a continuar.

Y quizá, sin darte cuenta, has convertido tu bienestar en otra tarea pendiente.

Tienes que estar tranquila.

Tienes que gestionar bien tus emociones.

Tienes que ser fuerte.

Tienes que saber qué hacer.

Incluso sentirte bien puede convertirse en una exigencia.

Y qué agotador es sentir que hasta tus emociones tienen que estar bajo control.

No todo lo que sientes necesita una solución inmediata

Hay emociones que aparecen porque algo necesita tu atención.

El miedo puede señalar algo que te importa.

La tristeza puede aparecer cuando has perdido algo, cuando estás atravesando un cambio o simplemente cuando necesitas parar.

El enfado puede mostrarte que un límite ha sido cruzado.

La frustración puede decirte que algo no está funcionando como necesitas.

Eso no significa que todas las emociones tengan una respuesta sencilla.

Ni que debamos actuar impulsivamente cada vez que sentimos algo.

Significa algo mucho más sencillo:

podemos aprender a escuchar antes de intentar apagar.

En lugar de preguntarte:

«¿Cómo hago para dejar de sentirme así?»

puedes probar con:

«¿Qué necesita de mí esta emoción?»

La pregunta cambia.

Y contigo también cambia la conversación.

Aceptar no significa resignarte

Quizá esta idea te genere cierta resistencia.

Porque aceptar una emoción puede sonar a conformarse con ella.

Pero no es lo mismo.

Aceptar que hoy tienes miedo no significa dejar de hacer aquello que necesitas hacer.

Aceptar que estás cansada no significa abandonar tus responsabilidades.

Aceptar que estás triste no significa que quieras quedarte triste para siempre.

Aceptar simplemente significa dejar de añadir una pelea a lo que ya estás viviendo.

Puedes decir:

«Tengo miedo y aun así puedo dar un pequeño paso.»

«Estoy cansada y necesito escucharme.»

«Hoy estoy triste y no tengo que fingir que no lo estoy.»

Eso también es fortaleza.

Una fortaleza mucho más silenciosa que la de aparentar que puedes con todo.

Hay una diferencia entre acompañarte y corregirte

Cuando alguien que quieres está pasando por un momento difícil, probablemente no le dices:

«Venga, deja de sentirte así.»

No le pides que se recupere cuanto antes.

No le recuerdas todo lo que debería estar haciendo mejor.

Probablemente te quedas.

Escuchas.

Le dices que es comprensible que se sienta así.

Le haces saber que no tiene que atravesarlo todo sola.

¿Y si pudieras hacer algo parecido contigo?

No para justificar todo lo que haces.

No para dejar de crecer.

Sino para dejar de tratar cada momento difícil como una prueba que tienes que superar cuanto antes.

A veces no necesitas una solución.

Necesitas compañía.

Y también puedes aprender a ofrecértela tú.

Una pregunta para esos días en los que todo pesa

La próxima vez que notes que estás luchando contra lo que sientes, prueba a parar unos segundos.

No intentes cambiar la emoción.

Solo pregúntate:

«Si dejara de luchar contra esto durante un momento, ¿qué necesitaría de mí?»

Quizá la respuesta sea descansar.

Quizá llorar.

Quizá hablar con alguien.

Quizá poner un límite.

Quizá salir a caminar.

O quizá no hacer absolutamente nada durante un rato.

No necesitas tener una respuesta perfecta.

Solo necesitas empezar a escucharte.

Para llevarte contigo

Puede que durante mucho tiempo hayas pensado que crecer significaba convertirte en una versión más fuerte, más segura y más tranquila de ti misma.

Pero quizá el crecimiento interior no consista siempre en cambiar.

A veces consiste en dejar de rechazarte cuando no estás bien.

En permitirte tener un día malo sin convertirlo en un juicio sobre tu vida.

En reconocer el miedo sin pensar que eres débil.

En descansar sin sentir que estás fallando.

En estar triste sin exigirte encontrar inmediatamente una razón para volver a sonreír.

Porque no necesitas estar bien todo el tiempo para estar avanzando.

Y no necesitas sentirte segura para seguir caminando.

Puedes tener dudas.

Puedes cansarte.

Puedes equivocarte.

Puedes sentir miedo.

Y aun así seguir siendo tú.

Quizá la paz no llegue cuando consigas controlar todo lo que sientes.

Quizá empiece cuando descubras que ya no necesitas luchar contra ti misma cada vez que aparece algo incómodo.

Y quizá, poco a poco, empieces a descubrir algo que llevabas mucho tiempo buscando fuera:

que sentirte en paz contigo no significa no tener días difíciles.

Significa saber que, incluso en esos días, no vas a abandonarte. 🤍

Si quieres empezar a escucharte con más calma…

A veces el primer cambio no consiste en hacer más.

Consiste en parar un momento y observar qué está pasando dentro de ti.

He preparado un pequeño diario gratuito con 3 señales de que quizá estás siendo demasiado dura contigo misma, para ayudarte a empezar a escucharte desde un lugar más amable.

Mini diario para descubrir como te hablas por dentro

3 señales de que te hablas demasiado duro

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