¿Por qué soy tan dura conmigo misma?

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Laura llevaba todo el día pensando en una conversación que, para cualquier otra persona, probablemente ya habría quedado en el olvido.

Había sido una mañana normal en el trabajo. Mientras recogían sus cosas antes de salir, un compañero había comentado que el último proyecto estaba llevando más tiempo del previsto. Laura respondió que quizá, si se hubieran organizado mejor desde el principio, no habrían tenido tantos problemas.

La conversación continuó con normalidad. Hablaron de otras cosas, se despidieron y cada uno siguió con su día.

Sin embargo, aquella tarde, mientras preparaba la cena, Laura volvió a recordar lo que había dicho.

¿Y si ha pensado que estaba echándole la culpa?

Dejó el cuchillo sobre la tabla y trató de recordar la expresión de su compañero. ¿Había puesto mala cara? ¿Había contestado de una forma extraña? No estaba segura. Cuanto más intentaba reconstruir la conversación, más dudas le surgían.

—Tenía que haberme callado —murmuró.

Y siguió preparando la cena, aunque su cabeza continuaba en aquella oficina.

Lo que había ocurrido por la mañana apenas había durado unos minutos. Pero Laura llevaba horas intentando averiguar si había hecho algo mal. Nadie le había dicho que estuviera molesto con ella, no había recibido ninguna queja y no tenía motivos concretos para pensar que había pasado algo.

Aun así, no conseguía dejarlo estar.

Lo peor era que aquella no era la primera vez que le ocurría.

Siempre encontraba algo que podría haber hecho mejor

A Laura le pasaba después de quedar con sus amigas, cuando enviaba un mensaje y tardaban en contestarle o cuando notaba a alguien más distante de lo habitual.

A veces recordaba una broma que había hecho y se preguntaba si habría resultado inoportuna. Otras, repasaba una conversación entera intentando encontrar el momento exacto en el que quizá había dicho algo que no debía.

No siempre llegaba a una conclusión. De hecho, muchas veces terminaba más confundida que al principio. Pero sentía que, si seguía pensando un poco más, acabaría encontrando una explicación que le permitiera quedarse tranquila.

También se exigía mucho en otros aspectos de su vida. Si cometía un error en el trabajo, le costaba olvidarlo, aunque hubiera resuelto después el problema. Si necesitaba descansar cuando tenía cosas pendientes, sentía que estaba perdiendo el tiempo. Y cuando conseguía algo por lo que había trabajado durante semanas, enseguida empezaba a pensar en lo siguiente que debía mejorar.

Desde fuera, Laura parecía una mujer responsable, atenta y resolutiva. Era de esas personas a las que los demás recurrían cuando necesitaban ayuda, porque sabían que podían contar con ella.

Pero había algo que casi nadie veía: lo difícil que le resultaba sentirse satisfecha consigo misma.

Siempre encontraba un detalle que corregir, una decisión que podría haber tomado mejor o una situación que debería haber gestionado de otra manera.

Y, aunque no lo habría reconocido en voz alta, empezaba a estar cansada de vivir con la sensación de que nunca terminaba de hacerlo suficientemente bien.

A los demás les perdonaba cosas que a ella no

Unos días después, Laura quedó a tomar café con Marta, una de sus mejores amigas.

Marta llegó con mala cara. Había tenido una reunión complicada en el trabajo y se había quedado en blanco al explicar una parte de un informe que llevaba semanas preparando.

—Me he sentido fatal —le contó—. Estoy convencida de que mi jefe ahora piensa que no tengo ni idea de lo que hago.

Laura la escuchó mientras su amiga repasaba una y otra vez lo sucedido.

—Pero si llevas meses trabajando en ese proyecto. Sabes perfectamente de lo que hablas.

—Ya, pero tendría que haberlo preparado mejor.

—Puede ser, pero eso no significa que tengas que machacarte por ello. Te has quedado en blanco en una reunión, nada más. A cualquiera le puede pasar.

Marta suspiró, aunque todavía parecía disgustada.

—Es que siento que siempre tengo que demostrar que valgo.

Laura se quedó pensativa un instante.

—No tienes que demostrarlo todo el tiempo. Un error no borra todo lo que sabes hacer.

Lo dijo con naturalidad, sin tener que buscar demasiado las palabras. Le parecía evidente que su amiga estaba siendo injusta consigo misma. Quería ayudarla a ver que una situación incómoda no definía su capacidad ni todo el trabajo que había hecho hasta entonces.

Después hablaron de otras cosas y Marta terminó el café más tranquila.

Al despedirse, Laura volvió a casa pensando en aquella conversación. Se alegraba de haber podido ayudar a su amiga, pero una de sus frases se le quedó dando vueltas en la cabeza.

Un error no borra todo lo que sabes hacer.

¿Por qué le resultaba tan fácil entenderlo cuando se trataba de otra persona?

Ella también se equivocaba. También tenía días malos, decía cosas sin pensarlas demasiado y tomaba decisiones que después habría preferido tomar de otra manera. Sin embargo, cuando le ocurría a ella, parecía que necesitaba revisar todo lo que había hecho para asegurarse de que el error no significaba algo más.

Si se equivocaba en el trabajo, dudaba de su capacidad. Si alguien parecía distante, cuestionaba su forma de relacionarse. Si no llegaba a todo lo que se había propuesto, sentía que no estaba haciendo suficiente.

Era como si cada pequeño tropiezo pudiera convertirse en una prueba en su contra.

Y, por primera vez, Laura se hizo una pregunta que no tenía que ver con lo que los demás pensaban de ella.

¿Por qué soy tan dura conmigo misma?

No siempre necesitas hacerlo mejor

Durante los días siguientes, Laura empezó a prestar atención a la forma en que se hablaba cuando algo no salía como esperaba.

Se dio cuenta de que sus pensamientos aparecían con una rapidez sorprendente.

Si cometía un error, enseguida se decía que tendría que haber sido más cuidadosa. Si necesitaba ayuda, pensaba que debería haber sabido resolverlo sola. Si alguien no reaccionaba como esperaba, se preguntaba qué había hecho mal.

No se limitaba a reconocer lo sucedido. Iba un paso más allá y utilizaba aquella situación para juzgarse.

Había una diferencia entre pensar «La próxima vez puedo preparar mejor esa reunión» y decirse «Soy un desastre, siempre me pasa lo mismo». En el primer caso, podía aprender algo concreto. En el segundo, convertía un error puntual en una conclusión sobre sí misma.

Sin embargo, Laura llevaba tanto tiempo hablándose de aquella manera que apenas distinguía entre exigirse y tratarse mal. Creía que, si dejaba de señalarse todo lo que hacía mal, acabaría volviéndose conformista, descuidada o menos responsable.

En su cabeza, ser comprensiva consigo misma se parecía demasiado a poner excusas.

Pero ¿y si no fuera así?

Podía reconocer que había cometido un error sin insultarse por ello. Podía intentar mejorar sin convencerse de que nunca hacía suficiente. Y podía preocuparse por los demás sin asumir que era responsable de cada gesto, cada silencio y cada reacción que no terminaba de comprender.

No tenía que elegir entre exigirse constantemente o dejar de esforzarse.

Había una tercera posibilidad: aprender a tratarse con respeto incluso cuando las cosas no salían como quería.

Entenderlo no hizo que Laura dejara de ser exigente de repente. Pero empezó a cuestionar una idea que hasta entonces había dado por cierta: que la dureza era necesaria para convertirse en una versión mejor de sí misma.

Aprender a hablarte de otra manera empieza en los momentos pequeños

Un jueves por la tarde, una compañera le escribió para preguntarle por una tarea pendiente.

Laura respondió y, al poco rato, recibió un mensaje breve:

«Vale, gracias».

Lo leyó y siguió con lo que estaba haciendo. Pero unos minutos después volvió a mirar el móvil.

¿Había sonado demasiado seca? ¿Tendría que haber añadido alguna explicación? ¿Se habría molestado porque no había respondido antes?

Notó cómo empezaba a familiarizarse con aquella sensación: la necesidad de revisar lo sucedido hasta encontrar algo que le permitiera estar segura de que todo estaba bien.

Estuvo a punto de enviar otro mensaje para aclarar algo que, en realidad, no necesitaba ninguna aclaración.

Entonces se detuvo.

No sabía qué había pensado su compañera. Podía estar ocupada, haber respondido deprisa o no tener nada más que añadir. También podía ser que algo de su respuesta no le hubiera gustado. No tenía información suficiente para saberlo.

Y, por primera vez, Laura intentó no llenar aquel espacio de incertidumbre con la interpretación más negativa.

No se obligó a pensar que todo había salido perfectamente. Tampoco se reprochó estar dándole vueltas otra vez. Simplemente dejó el móvil sobre la mesa y continuó con su tarde.

La incomodidad no desapareció de inmediato. Durante un rato todavía sintió ganas de volver a revisar el mensaje. Pero no lo hizo.

Era un gesto pequeño, casi insignificante desde fuera. Para Laura, sin embargo, significaba algo nuevo: podía sentir inseguridad sin convertirla automáticamente en una acusación contra sí misma.

Con el tiempo, empezó a probar lo mismo en otras situaciones. Cuando cometía un error, intentaba distinguir entre lo que había ocurrido y lo que se estaba diciendo sobre ello. Cuando sentía que no había llegado a todo, se preguntaba si realmente había sido insuficiente o si estaba exigiéndose más de lo razonable.

No siempre lo conseguía. Había días en los que volvía a sus viejos hábitos y se juzgaba con la misma dureza de siempre.

Pero empezaba a reconocer algo importante: no necesitaba hacerlo perfecto también cuando intentaba aprender a tratarse mejor.

¿Y si dejaras de ser tu propia crítica durante un momento?

Quizá te has reconocido en alguna parte de la historia de Laura.

Puede que también repases conversaciones después de llegar a casa, te cueste desconectar de un error o sientas que, por mucho que hagas, siempre queda algo pendiente. Tal vez eres comprensiva con tus amigas cuando dudan de sí mismas, pero contigo utilizas unas palabras que nunca se te ocurriría decirles a ellas.

Si te ocurre, no necesitas cambiar toda tu forma de pensar de un día para otro. Puedes empezar por observar qué te dices cuando algo no sale como esperabas.

La próxima vez que te descubras criticándote, prueba a hacerte estas tres preguntas:

  • ¿Qué ha ocurrido realmente? Intenta describir la situación sin convertirla en una conclusión sobre tu valor como persona.

  • ¿Qué me estoy diciendo a mí misma? Observa si estás intentando comprender lo sucedido o si has empezado a reprocharte cómo eres.

  • ¿Qué le diría a alguien a quien quiero si estuviera en mi lugar? No para convencerte de que no has cometido ningún error, sino para descubrir si estás utilizando contigo un criterio mucho más duro que el que aplicarías a los demás.

No se trata de justificarlo todo ni de evitar las conversaciones incómodas cuando necesitas reparar algo. Se trata de poder reconocer tus errores sin convertirte tú misma en el error.

Quizá al principio te resulte extraño. Si estás acostumbrada a motivarte a base de exigencia, hablarte con más comprensión puede parecerte una forma de bajar el nivel. Pero tratarte con respeto no te impide aprender, responsabilizarte o cambiar aquello que necesitas mejorar.

Puedes crecer sin estar constantemente en guerra contigo misma.

No tienes que ganarte el derecho a tratarte bien

Laura no dejó de exigirse de un día para otro. Seguía queriendo hacer bien su trabajo, cuidar sus relaciones y cumplir con sus responsabilidades. La diferencia era que empezaba a entender que no necesitaba castigarse cada vez que algo se torcía.

Poco a poco, fue aprendiendo que una conversación incómoda no la convertía en una persona difícil, que equivocarse no anulaba sus capacidades y que descansar no significaba ser menos responsable.

Sobre todo, empezó a comprender que podía revisar sus decisiones sin cuestionar continuamente su valor.

Quizá tú también llevas mucho tiempo creyendo que, si te señalas cada fallo, algún día conseguirás hacerlo todo bien y por fin podrás sentirte tranquila contigo misma.

Pero siempre habrá algo que aprender, una situación que no saldrá como esperabas o un día en el que no tendrás la energía que te gustaría. Si tu tranquilidad depende de no equivocarte nunca, será difícil encontrarla.

No necesitas convertir cada error en una lección, cada duda en un problema ni cada día imperfecto en una razón para decepcionarte de ti misma.

A veces, crecer también consiste en aprender a reconocer cuándo puedes mejorar algo y cuándo necesitas dejar de exigirte más.

Y quizá una de las preguntas más importantes que puedes hacerte no sea cómo conseguir hacerlo todo mejor, sino cómo quieres tratarte mientras lo intentas.

Porque tú también mereces la paciencia que ofreces a los demás. No solo cuando haces las cosas bien, sino también cuando dudas, te equivocas o todavía estás aprendiendo.

No tienes que ser perfecta para empezar a tratarte con cariño.

Si quieres empezar a reconocer algunas de las formas en las que puedes estar hablándote con demasiada dureza, en Aura puedes encontrar el recurso gratuito «3 señales de que te hablas demasiado duro».

Mini diario para descubrir como te hablas por dentro

3 señales de que te hablas demasiado duro