¿Eres perfeccionista o demasiado autoexigente contigo misma? Aprende a distinguirlo

AUTOESTIMA

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Hay días en los que llegas a casa con la sensación de que no has hecho suficiente.

Has respondido correos, resuelto problemas, atendido llamadas, cuidado de otras personas y cumplido con una lista interminable de tareas.

Sin embargo, cuando por fin te sientas unos minutos, tu mente no repasa todo lo que has conseguido. Se detiene, casi automáticamente, en aquello que quedó pendiente.

Quizá olvidaste responder un mensaje. Tal vez una reunión no salió exactamente como esperabas. O simplemente piensas que podrías haber dado un poco más de ti. Lo curioso es que nadie parece estar juzgándote. Eres tú quien lo hace.

Y cuando esa presión se repite durante mucho tiempo, puede llegar a parecer normal. Como si exigirte constantemente fuera el precio que tienes que pagar por ser responsable, por hacer bien las cosas o por seguir creciendo. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si el verdadero cansancio no viniera solo de todo lo que haces, sino de la presión con la que intentas hacerlo?

La tranquilidad siempre parece estar un paso más adelante

Querer hacer las cosas bien no tiene nada de malo. Querer mejorar puede ayudarnos a aprender, a crecer y a sentir satisfacción por aquello que hacemos. El problema aparece cuando dejamos de buscar hacerlo bien y empezamos a sentir que no podemos permitirnos hacerlo mal.

Entonces la meta cambia. Ya no buscas hacer un buen trabajo. Buscas no equivocarte. Y aunque consigas un objetivo, enseguida aparece otro. Aunque alguien reconozca tu esfuerzo, encuentras algo que podrías haber hecho mejor. Aunque todo haya salido bien, tu atención se dirige hacia ese pequeño detalle que no salió como esperabas.

La tranquilidad vuelve a quedarse un poco más lejos. Y tú piensas: «Cuando termine esto, podré descansar.» Pero después aparece otra cosa. Y otra. Hasta que descansar siempre parece algo que llegará después.

¿Y si el perfeccionismo estuviera intentando protegerte?

Hay una pregunta que quizá nunca te hayas hecho: ¿Y si no intentaras hacerlo todo perfecto porque amas la perfección, sino porque tienes miedo de lo que podría significar equivocarte?

Puede que tengas miedo a decepcionar, a quedar mal, a que alguien piense que no eres suficientemente capaz o a sentir que podrías haberlo hecho mejor. Y, a veces, detrás de todo eso aparece un miedo más profundo: «¿Y si no soy suficiente?**»

Cuando ese miedo aparece, un pequeño error puede adquirir un peso enorme. Deja de ser simplemente algo que salió mal. Empieza a sentirse como algo que dice quién eres. Y ahí es donde el perfeccionismo comienza a desgastarte.

Hay pequeños gestos que cuentan una historia

No hace falta que ocurra nada extraordinario para darte cuenta. A veces está en cosas muy pequeñas. Lees un mensaje varias veces antes de enviarlo porque temes que pueda malinterpretarse. Sales de una reunión y repasas mentalmente cada frase que has dicho. Te cuesta delegar porque piensas que, si no lo haces tú, no quedará igual de bien.

Recibes un cumplido y respondes casi automáticamente: "No ha sido para tanto". O terminas algo importante y, antes de permitirte disfrutarlo, ya estás pensando en qué podrías mejorar.

Por separado, parecen detalles sin importancia. Pero cuando se convierten en una forma habitual de vivir, cuentan una historia: Sientes que siempre tienes que hacerlo un poco mejor para poder estar tranquila. Y eso es agotador.

El problema no es equivocarte

Durante mucho tiempo podemos pensar que la solución consiste en cometer menos errores. Pero quizá la cuestión no sea esa. Los errores forman parte de aprender, trabajar, relacionarnos y vivir. Lo que realmente puede hacernos daño es el significado que les damos.

No es lo mismo pensar: «Hoy me he equivocado.» que pensar: «Otra vez lo he hecho mal. Debería haberlo hecho mejor.» La primera frase describe algo que ocurrió. La segunda empieza a convertirse en un juicio sobre ti.

Y cuando cada error se convierte en una prueba de que podrías haber sido mejor, más rápida o más capaz, vivir se convierte en una especie de examen constante.

Una escena que quizá conozcas

Imagina que una amiga termina una presentación importante. Ha trabajado durante días. Ha preparado cada detalle. Ha puesto tiempo, esfuerzo e ilusión. Al terminar, comete un pequeño error. Quizá olvida una palabra o una de sus respuestas no es tan brillante como le habría gustado.

Al salir, está decepcionada. ¿Le dirías que todo su trabajo ha perdido valor por ese momento? Probablemente no. Le recordarías todo lo que ha hecho. Le dirías que un error no borra su esfuerzo. Y seguramente serías mucho más amable con ella de lo que ella está siendo consigo misma.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿Por qué te resulta tan fácil ofrecer comprensión a los demás y tan difícil ofrecértela a ti?

Quizá porque has aprendido a pensar que exigirte es la manera de mantenerte a salvo de equivocarte. Pero castigarte después de un error no evita que vuelvas a equivocarte. Solo hace que tengas más miedo de hacerlo.

Crecer no significa hacerlo todo perfecto

A veces creemos que, si dejamos de exigirnos tanto, nos volveremos conformistas. Que perderemos nuestra motivación. Pero tratarte con más amabilidad no significa dejar de querer mejorar. Significa dejar de necesitar hacerlo todo perfecto para sentirte bien contigo misma.

Puedes seguir teniendo objetivos. Puedes seguir aprendiendo. Puedes seguir esforzándote. La diferencia está en desde dónde lo haces.

No es lo mismo avanzar porque disfrutas creciendo que hacerlo porque sientes que tienes que demostrar constantemente que eres capaz. Una te permite disfrutar del camino. La otra te obliga a correr hacia una meta que siempre vuelve a alejarse.

Un pequeño ejercicio para esta semana

La próxima vez que termines algo importante, intenta no buscar inmediatamente aquello que podrías haber hecho mejor. Detente primero y responde a estas dos preguntas:

¿Qué ha salido bien?

¿Qué he aprendido?

Fíjate en el orden. Primero reconoces. Después aprendes. No se trata de ignorar aquello que puedes mejorar. Se trata de no convertir tus errores en el único lugar hacia el que diriges la mirada.

Porque quizá llevas tanto tiempo buscando lo que falta que has olvidado mirar todo lo que ya está.

Tres preguntas para escribir en tu diario

Si quieres profundizar un poco más, puedes llevar estas preguntas contigo durante los próximos días:

¿Qué creo que ocurriría si dejara de exigirme tanto?

¿Qué miedo aparece cuando algo no sale como esperaba?

¿Qué cambiaría en mi vida si pudiera hacer las cosas bien sin necesitar hacerlas perfectas?

No tienes que encontrar respuestas perfectas. De hecho, quizá este sea precisamente un buen lugar para empezar a practicar algo diferente: no hacerlo todo perfecto.

Una idea que merece quedarse contigo

Es posible que mañana vuelvas a cometer algún error. Que olvides algo. Que no llegues a todo. Que una tarea no salga como esperabas. Y eso no significará que hayas retrocedido. Solo significará que eres humana.

Quizá durante mucho tiempo hayas pensado que la tranquilidad llegará cuando consigas hacerlo todo bien. Cuando termines todas las tareas. Cuando ya no tengas nada que mejorar. Pero siempre habrá algo pendiente. Algo mejorable. Algo que podría haber salido de otra manera.

No puedes construir tu tranquilidad sobre una meta que siempre se mueve.

Quizá la verdadera libertad no esté en conseguir hacerlo todo perfecto. Quizá esté en poder decir: «Hoy hice lo que pude con lo que tenía.» Y permitirte descansar. Sin tener que demostrar nada más.

Porque puedes seguir creciendo sin vivir en guerra contigo misma. Puedes aprender de tus errores sin convertirlos en un juicio. Puedes esforzarte sin agotarte intentando alcanzar una versión perfecta de ti. Y puedes hacer las cosas bien sin necesitar que todo salga bien para sentir que tú estás bien.

Quizá no necesitas hacer más. Quizá necesitas empezar a permitirte que lo que ya haces también sea suficiente.

Si quieres empezar a observar este patrón con más calma ♡

A veces el primer paso no es cambiarlo todo. Es empezar a darte cuenta de cómo te estás exigiendo.

Y si quieres empezar a observarlo con más calma… ♡

A veces, no se trata de exigirte menos de un día para otro, sino de empezar a darte cuenta de cómo te hablas cuando algo no sale perfecto.

Por eso he preparado un pequeño diario gratuito con 3 señales de que quizá estás siendo demasiado dura contigo misma.

Mini diario para descubrir como te hablas por dentro

3 señales de que te hablas demasiado duro

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3 señales de que te hablas demasiado duro

Muy pronto podrás descargarlo gratis