Hay momentos en los que parece que todo el mundo está avanzando menos tú.
Una amiga acaba de comprar una casa, otra anuncia que va a ser madre, alguien de tu edad consigue el trabajo que llevaba años buscando y otra persona empieza una relación que parece ir justo en la dirección que siempre había querido. Te alegras por ellas, por supuesto, pero después de esa alegría aparece una sensación más difícil de reconocer.
Empiezas a compararlo con tu propia vida.
«¿Y yo qué estoy haciendo?»
«A estas alturas debería estar en otro sitio.»
«Siento que se me está haciendo tarde.»
Puede que incluso tengas una vida que, en muchos aspectos, te gusta. Quizá has conseguido cosas importantes, has aprendido mucho o estás construyendo algo que te ilusiona. Pero cuando miras alrededor, todo eso parece perder importancia durante un momento.
Porque ya no estás preguntándote si eres feliz con tu vida.
Estás preguntándote si vas al ritmo que se supone que deberías llevar.
Y esa diferencia puede hacer que empieces a vivir tu propia historia como si estuvieras llegando tarde a ella.
Cuando empiezas a ponerle edad a todo
Una de las cosas que más alimenta esta sensación es la idea de que hay determinados momentos para conseguir determinadas cosas.
A cierta edad deberías tener pareja. Después debería llegar la estabilidad laboral. En algún momento tendrías que saber qué quieres hacer con tu vida, ganar cierta cantidad de dinero, independizarte, formar una familia o tener claro hacia dónde vas.
No siempre alguien nos dice estas cosas directamente. Muchas veces las vamos incorporando poco a poco a través de lo que vemos a nuestro alrededor, de las conversaciones familiares, de las redes sociales o de las historias que hemos escuchado durante años.
El problema aparece cuando nuestra vida no encaja con ese calendario.
Quizá has tenido relaciones que no han funcionado, has cambiado de profesión, has pasado por una etapa complicada económicamente o simplemente has necesitado más tiempo para descubrir qué quieres. Y entonces empiezas a interpretar ese recorrido como un retraso.
No piensas solamente: «Mi vida ha tomado otro camino».
Piensas: «He perdido tiempo».
Y cuando empiezas a mirar tu pasado como tiempo perdido, es mucho más difícil confiar en el presente.
No siempre quieres lo que estás comparando
Hay algo que merece la pena observar con calma: cuando sientes que vas tarde, ¿realmente quieres aquello que parece que te falta?
Porque no siempre es así.
Puede que veas a una conocida de tu edad casándose y pienses que tú también deberías tener una relación estable, aunque en realidad ahora mismo no quieras casarte.
Puede que alguien de tu entorno tenga una carrera profesional brillante y eso te haga sentir que estás estancada, aunque nunca hayas deseado vivir de la misma manera.
Puede que veas a otras mujeres teniendo hijos y te preguntes si tú te estás quedando atrás, aunque todavía no sepas siquiera si la maternidad forma parte de lo que quieres.
A veces no estamos echando de menos una vida concreta. Estamos echando de menos la sensación de sentir que vamos bien.
Y para conseguirla, miramos lo que tienen los demás y lo utilizamos como referencia.
El problema es que una vida puede parecer correcta desde fuera y no tener nada que ver con la vida que tú necesitas.
La comparación puede convertir tus decisiones en una carrera
Cuando sientes que vas tarde, es fácil empezar a tomar decisiones desde la urgencia.
Aceptar un trabajo que no te convence porque piensas que ya deberías tener una carrera más estable.
Mantener una relación que ya no funciona porque te asusta tener que empezar de nuevo.
Renunciar a un proyecto porque no ha dado resultados tan rápido como esperabas.
Forzarte a decidir qué quieres hacer con tu vida porque te parece preocupante seguir sin tenerlo claro.
Incluso puedes empezar a sentir que cualquier cambio significa volver a empezar y que, a determinada edad, ya no te puedes permitir hacerlo.
Pero hay una pregunta importante detrás de todo esto:
¿Estás tomando decisiones porque realmente las deseas o porque tienes miedo de seguir sintiendo que vas tarde?
No es una pregunta para juzgarte. Es una manera de empezar a escuchar qué hay detrás de esa prisa.
Porque cuando una decisión nace del miedo a quedarte atrás, es posible que acabes avanzando hacia un lugar que ni siquiera has elegido tú.
Quizá no has ido despacio. Quizá has necesitado ese tiempo
Mirar hacia atrás también puede cambiar mucho la forma en la que interpretas tu recorrido.
Es posible que recuerdes los años en los que no sabías qué hacer y pienses que estabas perdiendo el tiempo. Pero quizá durante aquellos años estabas aprendiendo lo que no querías.
Tal vez aquella relación que terminó te ayudó a entender qué límites necesitabas.
Quizá cambiar varias veces de trabajo te permitió descubrir qué condiciones necesitas para sentirte bien profesionalmente.
Puede que hayas tardado en tomar una decisión porque necesitabas más información, más experiencia o simplemente más madurez para saber qué querías.
No todo lo que parece un rodeo lo es.
A veces necesitamos pasar por determinadas experiencias antes de poder tomar decisiones que realmente nos representan.
Esto no significa pensar que todo ocurre por alguna razón perfecta ni intentar encontrar una lección en cada dificultad. Algunas etapas simplemente son difíciles y no necesitamos convertirlas en algo bonito.
Pero sí podemos dejar de utilizar cada desvío para demostrar que hemos fracasado.
El problema de vivir con un calendario que no has elegido
Quizá una de las preguntas más útiles que puedes hacerte es esta:
¿De quién es el calendario con el que estoy midiendo mi vida?
Porque puede que muchas de esas fechas que tienes en la cabeza ni siquiera las hayas elegido tú.
Has aprendido que a los treinta deberías estar en determinado punto, que a los cuarenta deberías tener determinadas cosas o que empezar de nuevo después de cierta edad es demasiado tarde.
Pero cuando intentas imaginar tu vida sin esas reglas, quizá descubres algo interesante.
Tal vez no quieres correr.
Tal vez sí quieres algunas de esas cosas, pero no ahora.
Tal vez deseas otras completamente diferentes.
O quizá necesitas tiempo para averiguarlo.
Y tener dudas no significa que estés perdida.
Significa que todavía estás escuchándote.
Confiar en tu propio camino no significa saber exactamente hacia dónde vas
A veces pensamos que confiar en nosotras mismas significa tener las cosas claras.
Saber qué queremos.
Tener un plan.
Estar seguras de que la decisión que hemos tomado es la correcta.
Pero la vida rara vez funciona así.
Puedes confiar en ti y seguir teniendo dudas. Puedes tomar una decisión y descubrir más adelante que necesitas cambiarla. Puedes sentir ilusión por algo y, al cabo de un tiempo, darte cuenta de que ya no quieres lo mismo.
Confiar en tu camino no significa conocer el destino. Significa confiar en tu capacidad para escucharte mientras avanzas.
Eso permite vivir de una forma mucho menos rígida.
En lugar de preguntarte constantemente si estás donde deberías estar, puedes empezar a preguntarte qué necesitas en esta etapa concreta.
Y esa pregunta suele ser mucho más honesta.
Prueba a cambiar una pregunta
Cuando aparezca ese pensamiento de «voy tarde», intenta no discutir inmediatamente con él.
No necesitas convencerte de que todo está bien.
En lugar de eso, puedes preguntarte:
«¿Tarde respecto a qué?»
Después observa qué aparece.
Quizá la respuesta sea «respecto a mis amigas».
O «respecto a lo que imaginaba cuando tenía veinte años».
O «respecto a lo que mi familia esperaba de mí».
O simplemente «respecto a lo que pensaba que sería mi vida».
Y entonces puedes hacer una segunda pregunta:
«¿Y esa expectativa sigue siendo mía?»
No necesitas responderla perfectamente. Lo importante es empezar a distinguir entre una expectativa antigua y un deseo actual.
Una reflexión para descubrir qué quieres tú
Si quieres profundizar un poco más, busca un momento tranquilo y escribe en una libreta diez frases que empiecen por:
«A estas alturas debería…»
Escribe todo lo que aparezca, aunque algunas cosas te parezcan absurdas o contradictorias.
«A estas alturas debería tener pareja.»
«Debería ganar más dinero.»
«Debería saber qué quiero.»
«Debería haber conseguido ya un trabajo mejor.»
«Debería haber formado una familia.»
Cuando termines, mira la lista y escoge tres frases.
Debajo de cada una, escribe:
«¿Esto es algo que deseo o algo que siento que tendría que haber conseguido para demostrar que voy bien?»
La diferencia puede ser pequeña al principio, pero observarla ya es un cambio.
Porque quizá descubras que detrás de algunas de tus prisas no hay un deseo, sino miedo.
Miedo a decepcionar.
Miedo a quedarte sola.
Miedo a arrepentirte.
Miedo a que los demás piensen que no has conseguido suficiente.
Y cuando sabes qué miedo hay detrás, puedes empezar a cuidarlo en lugar de dejar que sea él quien tome las decisiones por ti.
Tu vida no tiene por qué parecerse a la de las mujeres que te rodean
Una de las partes más difíciles de aceptar es que quizá nunca vas a sentir que estás «a tiempo» si sigues utilizando la vida de otras personas como referencia.
Siempre habrá alguien que consiga antes aquello que tú deseas.
Siempre habrá una persona más joven que parezca más avanzada profesionalmente, alguien que encuentre pareja antes, alguien que tenga más dinero o que haya tomado antes una decisión que tú todavía estás intentando aclarar.
Si utilizas esas vidas como una regla para medir la tuya, siempre encontrarás alguna manera de sentir que te falta algo.
Pero comparar los tiempos tiene poco sentido cuando las circunstancias, las prioridades, las experiencias y las necesidades son diferentes.
No has vivido la vida de esa otra mujer.
No has tenido sus oportunidades, sus dificultades, sus decisiones ni sus circunstancias.
Por eso no necesitas llegar al mismo sitio al mismo tiempo.
Tu vida no está retrasada porque otra persona haya llegado antes a un lugar diferente.
Hay avances que desde fuera no se ven
Además, no todo crecimiento puede medirse con aquello que solemos considerar éxito.
Quizá hace unos años aceptabas cualquier cosa por miedo a quedarte sola y ahora eres capaz de marcharte de una relación que no te hace bien.
Quizá antes necesitabas la aprobación de todo el mundo para tomar una decisión y ahora puedes escuchar opiniones sin dejar que decidan por ti.
Quizá todavía no tienes el trabajo que quieres, pero ya sabes con mucha más claridad qué no estás dispuesta a tolerar.
Quizá sigues sin saber exactamente qué quieres hacer, pero has empezado a permitirte explorar opciones en lugar de exigirte una respuesta definitiva.
Eso también es avanzar.
Y muchas veces es precisamente el tipo de avance que prepara el terreno para cambios más visibles.
No necesitas recuperar el tiempo que crees haber perdido
Si llevas años sintiendo que vas tarde, puede aparecer otra trampa: pensar que ahora tienes que darte prisa para recuperar todo lo que no hiciste antes.
Y así comienza otra carrera.
Intentas cambiar de trabajo, mejorar tu vida sentimental, cuidar más de ti, ganar más dinero y solucionar de golpe todas las áreas en las que sientes que estás atrasada.
Pero no necesitas compensar el pasado corriendo.
Puedes empezar desde donde estás.
Con una decisión pequeña.
Con una conversación pendiente.
Con un límite que necesitas poner.
Con algo que quieres probar.
Con la valentía de reconocer que ya no quieres seguir por un camino que elegiste hace años.
No necesitas recuperar el tiempo. Necesitas empezar a utilizar el tiempo que tienes de una manera más cercana a quien eres hoy.
Ese cambio de perspectiva puede quitar bastante peso de encima.
Tal vez el siguiente paso no sea avanzar más, sino escucharte mejor
Hay etapas en las que avanzar significa hacer mucho.
Y otras en las que avanzar consiste en detenerse lo suficiente como para saber qué quieres hacer después.
Si últimamente sientes que vas tarde, quizá no necesites exigirte más.
Quizá necesites revisar las expectativas desde las que estás viviendo.
Preguntarte qué quieres conservar, qué quieres cambiar y qué estás persiguiendo solamente porque crees que ya deberías tenerlo.
No tienes que resolver tu vida entera ahora.
Tampoco necesitas saber dónde estarás dentro de cinco años para confiar un poco más en ti.
Puedes empezar por algo más sencillo: dejar de tratar tu vida como una carrera contra el tiempo.
Porque quizá no estás tarde.
Quizá simplemente estás en una parte de tu historia que todavía no habías aprendido a valorar.
Y puede que confiar en tu propio camino no consista en estar segura de que todo saldrá como esperas, sino en saber que, cuando la vida cambie, podrás volver a escucharte y elegir de nuevo.
Si quieres empezar a escucharte desde otro lugar
Cuando llevas tiempo sintiendo que vas tarde, es fácil que esa sensación termine afectando también a la forma en la que te hablas. Cada vez que comparas tu vida con la de los demás o piensas que deberías haber conseguido algo antes, puede aparecer una voz interna que te recuerda todo lo que, según ella, todavía te falta.
Y quizá ya estés tan acostumbrada a esa manera de hablarte que ni siquiera la reconoces como dureza. La has convertido en una forma habitual de exigirte, de intentar avanzar o de mantenerte «en el camino correcto».
Por eso, aprender a confiar en tu propio camino también implica prestar atención a cómo te tratas cuando sientes que no estás donde deberías estar.
Si quieres empezar a observarlo, puedes hacerlo con mi diario gratuito «3 señales de que te hablas demasiado duro». Te ayudará a identificar algunas de esas formas de exigencia que pueden estar presentes en tu día a día y que, sin darte cuenta, pueden hacer que te resulte todavía más difícil sentirte satisfecha con el lugar en el que estás.
No necesitas tener toda tu vida clara para empezar a confiar más en ti. A veces, el primer paso consiste simplemente en dejar de hablarte como si siempre estuvieras llegando tarde.
Tu camino no necesita ser más rápido. Necesita que aprendas a caminarlo sin estar constantemente en tu contra.

